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Mercredi 8 octobre 2008 3 08 /10 /Oct /2008 16:32

Lido aqui:


"Ontem, no Prós e Contras (RTP1) , ouvi coisas impensáveis semanas atrás e que demonstram o pânico dos agentes económicos nacionais – maxime Associações Patronais – perante a catástrofe (exógena) que nos caíu em cima:

- Para grandes males, grandes remédios: é indispensável a superior ORIENTAÇÃO do Estado para restabelecer a confiança, evitar as falências, a descapitalização e o desemprego.

- Nesse sentido, o Estado tem de injectar capital nas Empresas e uma boa forma de o fazer seria pagar uma substancial fatia dos atrasados da dívida estatal (e municipal, presumo eu) aos fornecedores privados.

- O Estado tem de reavaliar e adaptar à nova situação os seus investimentos e progamas. O dinheiro escasseia e o seu custo na banca é cada vez maior – daí que o Estado deva orientar a alocação de recursos do modo  que fôr melhor (Custo/benefício) para o país. Essa orientação deve incluír o investimento privado, sobratudo nas PMEs.

- Não há tempo para discussões estéreis: há que actuar depressa e só o Estado pode dizer O QUE e COMO FAZER.

- Sentiu-se que tinha de ser o investimento público o motor da retoma e o avalista do país. Afinal, só os Estados mantém ratings de confiança financeira que lhes permitem – perante a retracção mundial do crédito bancário – conseguir dinheiro e obtê-lo a taxas de juro mais baratas (ou menos caras). O Estado terá assim de ser o motor da economia, o grande condutor,  a reboque de quem, docilmente, os privados seguirão.

- Defendeu-se a suspensão (ou faseamento mais realista) do Pacto de Estabilidade, não contando para o endividamento público as verbas estatais complementares do QREN.

 

Como que por artes de magia, o Estado passou de coveiro a salvador da Pátria, de celerado a iluminado planificador.  Como por essa Europa e nos Estados Unidos, somos agora todos Keynesianos.

Uma vez mais, é o Estado que irá salvar o capitalismo e o mercado dos seus desvarios e preversões. Esta crise dita sistémica revela mais do que isso: verdadeiramente sistémica é a liberdade do facilitismo e da especulação inventiva, agravada pelo virtualismo financista sem controle nem regras.

Infelizmente, capitalismo e mercado parecem ser “soluções” sem alternativa. Mas, como todos os sistemas imperfeitos, carecem de regulação atempada, competente, transparente e implacável.

Para que a lei da selva não continue a segregar a miséria decorrente da ganância nem a especular impiedosamente à custa do alheio e da sua ignorância."

 

Par preciosa
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Mardi 5 juin 2007 2 05 /06 /Juin /2007 17:16
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Mardi 5 juin 2007 2 05 /06 /Juin /2007 17:06

Llovía tanto que parecía que el mundo entero se estaba licuando. Hacía un mes que no paraba. Y cuando paraba era por un ratito, algunas horas, a lo mucho amainaba medio día o toda una tarde, pero enseguida se largaba otra vez. Un mes así. Un mes y pico.
–Tendríamos que ir a verlo– dijo Mingo, con la vista clavada en la laguna en que se había convertido la calle, por la que cada tanto pasaba un coche haciendo oleaje.
Venancio, con el codo izquierdo sobre la mesa y el mentón apoyado sobre la palma de su mano, asintió rítmicamente, despacito, como preguntándose que sentía. Hasta que se dio cuenta de lo que sentía, y se le humedecieron los ojos.
–Pobre Juan– dijo, en voz baja–. Tendríamos que ir a verlo, sí. Hacía cinco meses que el amigo Juan Saravia estaba enfermo y eso los tenía muy preocupados.
Juan Saravia era un salteño avecindado en la zona de Puerto Bermejo, a unos cien kilómetros de Resistencia, sobre el río, y vivía en una casa que había construido con sus propias manos, años atrás, cuando se vino de Salta con un empleo de viajante para la Anderson Clayton. Se habían hecho amigos en un hotelito de Samuhu, una noche en que los tres coincidieron por culpa de otras lluvias que anegaban los caminos, en los tiempos en que Mingo era viajante de Nestlé y Venancio de Terrabusi. Ahora, la tuberculosis lo estaba matando.
Cuando Mingo dijo lo que dijo, Venancio encendió otro Arizona y se refregó los ojos con los nudillos de las manos, como echándole la culpa de las lágrimas al humo del tabaco.
Mingo se dio cuenta, pero se hizo el distraído, porque justo en ese momento el Ingeniero Urruti explicaba que el factor de triunfo de los aliados en la guerra habían sido los aviones a chorro, los Gloster Meteor británicos capaces de desarrollar una velocidad de ochocientos kilómetros por hora, algo increíble, viejo, están cerca de la velocidad del sonido. El Ingeniero Urruti siempre sabía de todo sobre cualquier cosa y su autoridad era reconocida por unanimidad. Era uno de los tipos que mas sabía en toda "La Estrella", en toda la ciudad y, si lo apuraban, en toda esa parte del mundo.
Bastaba que Urruti diera alguna información para que Mingo empezara a imaginar negocios, por ejemplo –dijo– si no sería bueno escribir a Inglaterra para ofrecer una venta de algodón para el relleno de los asientos de los aviones a chorro porque a esa velocidad los pilotos han de tener mucho frío y se aplastarán contra los asientos de modo que deben necesitarlos bien mullidos y entonces como acá tenemos algodón de sobra podríamos.
–Pará, Mingo– le dijo Venancio, como siempre, y como siempre Mingo paró y se hizo un silencio pegajoso y largo, igual que el de las siestas de enero cuando se prepara una tormenta. Después Venancio siguió: –Primero tendríamos que ir a verlo al Juan. Hace mucho que no vamos. –Cierto, amigos son primero– dijo Urruti
–Que gran verdá– aceptá Mingo, culposo.
–Vos dijiste que hay que ir. Entonces hay que ir– dijo Venancio, que era de esa clase de tipo que siempre esta pendiente de lo que dicen o hacen sus amigos del alma. Y como los niños, jamás admite el incumplimiento de una promesa. Un sentimental incorregible, de esos que carecen de brillo propio, siempre dependen de los demás y no pueden tener mas de una preocupación por vez, y de lo mas intensa.
–No, yo decía– musito Mingo después de unos segundos, deprimido, como para cambiarle de tema a sus propios pensamientos–. Habría que hacer algo.
–Ir. Tenemos que ir.
–Si, ¿no? Ahora mismo.
–Y claro– afirmó Venancio, y se puso de pie lentamente, como lo hacen los gordos.
Mingo recogió de la mesa un ejemplar de "El Gráfico" con la tapa del insider de Vélez, Alfredo Bermúdez, y llamó al japonés para pagarle mientras Urruti comentaba algo del Peronismo, y citando a Platón decía que las repúblicas no serán felices hasta que los gobernantes filosofen y los filósofos gobiernen. Después cruzaron la calle y subieron al Ford, que a pesar de la humedad arrancó enseguida, y enfilaron para el norte, por el camino a Formosa.
El amigo Juan Saravia sólo tenía cuarenta y dos años pero la última vez que lo habían visto parecía de setenta. Flaco y consumido, escupía unos gargajos como cucarachas y no quería salir de Puerto Bermejo porque ahí un almacén era atendido por un hermano suyo, también salteño, que era toda la familia que tenía. Venancio y Mingo eran los únicos amigos que le quedaban y cada tanto, algún sábado, iban a visitarlo en el viejo Ford del segundo, y lo ponían a tomar sol y le contaban cosas de la ciudad.
Pero aquella temporada el sol escaseaba. Campos y caminos, para colmo, estaban todos inundados. El Bermejo traía agua tormentosa y como llovía desde hacía cuatro semanas sin parar, el pueblo parecía hundirse un poco mas cada mañana. El Paraguay y el Paraná también estaban sobrecargados, y era como si dos países se derramaran sobre un tercero para aplastarlo. El Bermejo no tenía donde descargar sus aluviones, que se esparcían por una gigantesca comarca achaparrada, inabarcable, pues la falta de una sola serranía, de una miserable colina, hacían que todo el Chaco pareciera un inmensurable mar. Como siempre en tiempos de inundaciones, Urruti solía decir que el problema no era que los ríos crecieran, sino que el país se hundía, pero, como fuere, la mancha de agua se propagaba día a día, y hora a hora, y los pocos caminos terraplenados y las vías del ferrocarril semejaban cicatrices en el agua. El sol, que era tan necesario para los campos como para el amigo tuberculoso que se moría inapelablemente, parecía un recuerdo. Apenas asomaba, mezquino, de tanto en tanto, para espantarse enseguida ante esos nubarrones negros y gordos que nunca terminaban de irse. La noche anterior Mingo había conseguido una comunicación telefónica con Puerto Bermejo, y el otro Saravia le había dicho que Juan estaba muy mal, grave, tosiendo como un motor y sumido en un delirio constante. La quinina que le suministraba ya no le hacía efecto. El médico del pueblo, el viejo Zenón Barrios, lo había desahuciado.
Así que partieron pasado el mediodía, bajo un cielo encapotado como el las películas de terror, y cuando llegaron Juan Saravia dormía de pura debilidad. Los dos amigos y el otro Saravia se miraron, impotentes, y mientras Venancio preparaba unos mates Juan abrió los ojos y los reconoció con un débil parpadeo luego del cual volvió a sumergirse en su fiebre. Cada tanto esputaba gargajos gruesos, pesados y fieros como arañas pollito.
Venancio y Mingo se sentaron a su lado a tomar mates, ineficaces pero fieles. Cada tanto Venancio se levantaba e iba a mirar afuera. Calculaba las nubes, como so las sopesara, y siempre volvía con un gesto de contradicción en la cara, reconociendo la imposibilidad de que reapareciera el sol.
–Si saliera aunque sea un ratito– decía.
–Carajo, lo bien que le vendría– completaba Mingo.
Y el mate cambiaba de manos.
Y Juan tosía. Y los tres, junto a la cama, se miraban alzando las cejas como diciéndose no hay nada que podemos hacer.
Toda esa tarde y esa noche se quedaron junto al amigo, turnándose para secarle la frente, darle la quinina, hacerlo beber de un vaso de agua, calmarlo cuando brincaba de dolor durante los accesos de tos, y sostenerle la cabeza cuando se ahogaba por la sangre que se le acumulaba en la boca y que ellos se encargaban de vaciar, inclinándole la boca hacia la asquerosa y oxidada lata de dulce de batata que hacía de escupidera.
Llovió toda la noche, sin parar, y al amanecer del domingo empezó a soplar un viento del sudeste que los hizo pensar que finalmente iba a salir el sol. Pero a media mañana el cielo volvió a encapotarse y al mediodía ya caía la misma llovizna terca, estúpida, que no paraba desde hacía tres semanas.
Fue entonces cuando Mingo se golpeó la cabeza, de súbito, y dijo:
–Venancio: este necesita sol y va a tener sol. Vení, acompañáme.
Y ambos salieron de la casita y se dirigieron al único, viejo almacén de ramos generales del pueblo. Aunque era domingo, consiguieron que Don Brauerei les vendiera dos brochas y tres tarros de pintura: amarilla, blanca y azul.
Si el puto sol no sale, se lo pintamos nosotros– argumentaron ante el otro Saravia.
Y en el techo de la habitación donde agonizaba el enfermo, empezaron a pintar un cielo azul con nubecitas blancas, lejanas, y en el centro un sol furiosamente amarillo.
A eso de las cuatro de la tarde, Mingo abrió las ventanas de la habitación para que entrara mejor la grisácea claridad del exterior, y Venancio encendió todas las luces y hasta enfocó el buscahuellas del Ford hacia la ventana, para que toda la luz posible se reflejara en el sol del techo. Y uno a cada lado de la cama donde moría Juan Saravia, le dijeron a dúo:
–Mirá el sol, chamigo, mirá que te va a hacer bien.
Como en una imposible Piedad, Mingo le sostenía un brazo al moribundo y Venancio le acariciaba la cabeza, apoyada contra su propio pecho, acunándolo como si fuera un hijo, mientras el otro Saravia cebaba mates y miraba la escena como miran los viejos los dibujos animados.
–Mirá el sol, Juan, mirá que te hace bien– y cada tanto, en su agonía, Juan Saravia abría los ojos y miraba ese cielo absurdo. Así estuvieron un par de horas, mientras la llovizna caía y caía como si nunca jamás fuera a dejar de caer. A las cinco y media de la tarde Juan Saravia pestañeo un par de veces y luego mantuvo la vista clavada en el techo, se diría que piadoso él, como para darle el gusto a sus amigos. Se quedó mirando, durante unos minutos y con una expresión entre asombrada y triste, melancólica, el enorme sol amarillo del techo.
–Mira, ché, parece que sonríe– dijo Venancio.
–Dale, Juan, seguí mirando que te va a hacer bien– dijo Mingo.
Pero el enfermo cerró los ojos vencido por el agotamiento.
Como a las seis, la luz del domingo empezó a adelgazarse, a hacerse magra, y con el caer de la noche al hombre le aumentó la fiebre, la tos recrudeció brutalmente y la sangre pulmonar se tornó imparable.
Juan Saravia se agarró con una mano de una mano de Venancio y con la otra de la izquierda de Mingo, y empezó a irse de este mundo lentamente. Pero antes abrió los ojos para ver por última vez ese sol imposible. Contempló durante unos segundos la redonda bola amarilla pincelada en el techo, y en la boca se le dibujó una sonrisa tenue, casi ilusoria, como la que le aplican a Jesucristo en algunas estampas religiosas. Después la abrió todo lo grande que pudo para aspirar una inútil, final bocanada de aire, antes que la ultima tos le ablandara el cuerpo, que se aflojó como un copo depestañeo algodón que se desprende del capullo para que el viento se lo lleve.
El otro Saravia y Venancio se abrazaron para llorar, y Mingo, mas entero, fue a buscar al juez de paz para que labrara el acta.
Cuando volvió, Venancio ya había organizado el velorio, para el cual cortó unos malvones del patio y encendió seis velas que encontró en la cocina.
Lo velaron durante la noche, y todo el pueblo se hizo tiempo para despedir a Juan Saravia, con esa respetuosa y tozuda ceremoniosidad de la gente de frontera. Al amanecer ya no llovía y el viento sur empujaba las nubes como si fueran ganado.
A las nueve de la mañana, después de un cortejo flaco que parecía desgastarse a cada cuadra acompaño el cuerpo de Juan Saravia hasta el cementerio, y mientras el cura rezaba el Agnus Dei, el cielo se abrió del todo, como hembra decidida.
Y finalmente el sol, enorme y caliente y magnífico, irrumpió enfurecido en la mañana bermejeña.
Entonces, mirando hacia lo alto y todo lo fijo que es posible mirar al sol, Venancio codeó a Mingo:
–¿Le viste la sonrisa anoche? Ni que se hubiera muerto soñándolo.
–Carajo con el sol– dijo Mingo.

Mempo Giardinelli (Arg.)
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Jeudi 10 mai 2007 4 10 /05 /Mai /2007 11:10

CENA DE MASCARAS

   Los cortejantes vienen y van por el bosque de vidrio de sus vanidades. ¿Qué verdad puede estar debajo de las plumas y los géneros bestiales de un niño disfrazado de San José de Cupertino? Con la tormenta, fosforecen los cortejantes. Despavoridos, huyen de esa ilusión que da siempre la lluvia.

Moran alrededor del rayo con sus bocas cosidas. Moro en una estatua que me deshabita -vanamente- como al seco árbol maldecido por el dios encarnado. Hágase tu voluntad en los candiles de terrible esplendor; encántame la gracia de aquel fuego azul sobre las torpes cabezas.

Nada oprime tanto como un zaguán de desesperación repleto de objetos minúsculos. Veo el marfil enhiesto, tatuado de las bocas futuras. Nadie se resigna a permanencia o se arrebata frente al poliedro de la noche final. ¿Son ingenuos los desechos, estos restos de cera? ¿Quién se adueña del humo que aparta y transforma las sustancias?

Da vueltas la ronda de peregrinos hasta desvanecer el último reflejo en las persianas. Ayer, rugía el animal de presa entre las felpas vampiras del carruaje. Dejaba su simiente. ¡Trapos veladores, impasibles, inútilmente exquisitos, desfondados!

Iba mi corazón latiendo por el hielo.

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Vendredi 5 janvier 2007 5 05 /01 /Jan /2007 02:21

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Vendredi 5 janvier 2007 5 05 /01 /Jan /2007 02:12

Faz-me o favor...

Faz-me o favor de não dizer absolutamente nada!
Supor o que dirá
Tua boca velada
É ouvir-te já.

É ouvir-te melhor
Do que o dirias.
O que és nao vem à flor
Das caras e dos dias.

Tu és melhor -- muito melhor!
Do que tu. Não digas nada. Sê
Alma do corpo nu
Que do espelho se vê. 

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Jeudi 14 décembre 2006 4 14 /12 /Déc /2006 18:52

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Jeudi 14 décembre 2006 4 14 /12 /Déc /2006 17:34

THE RAVEN

Once upon a midnight dreary, while I pondered, weak and weary,
Over many a quaint and curious volume of forgotten lore,
While I nodded, nearly napping, suddenly there came a tapping,
As of some one gently rapping, rapping at my chamber door.
"'Tis some visitor", I muttered, "tapping at my chamber door -
- Only this and nothing more."

Ah, distinctly I remember it was in the bleak December,
And each separate dying ember wrought its ghost upon the floor.
Eagerly I wished the morrow; vainly I had sought to borrow
>From my book surcease of sorrow - sorrow for the lost Lenore, -
For the rare and radiant maiden whom the angels name Lenore -
Nameless here for evermore.

And the silken, sad, uncertain rustling of each pruple curtain
Thrilled me - filled me with fantastic terrors never felt before;
So that now, to still the beating of my heart, I stood repeating:
"Tis some visitor entreating entrance at my chamber door -
Some late visitor entreating entrance at my chamber door -;
This it is and nothing more."

Presently my soul grew stronger: hesitating then no longer,
"Sir", said I, " or Madam, truly your forgiveness I implore;
But the fact is I was napping, and so gently you came rapping,
And so faintly you came tapping, tapping at my chamber door,
That I scarce was sure I heard you" - here I opoened wide the door -
Darkness there and nothing more.

Deep into that darkness peering, long I stood there, wondering, fearing,
Doubting, dreaming dreams no mortals ever dare to dream before,
But the silence was unbroken, and the stillness gave no token
And the only word there spoken was the whispered word , " Lenore!"
This I whispered, and an echo murmured back the word, " Lenore!"
Merely this and nothing more.

Open here I flung the shutter, when, with many a flirt and flutter,
In there stepped a stately Raven of the saintly days of yore.
Not the least obeisance made he, not a minute stopped or stayed he,
But, with mien of lord or lady perched above my chamber door -
Perched upon a bust of Pallas just above my chamber door -
Perched and set, and nothing more.

Then, this ebony bird beguiling my sad fancy into smiling,
By the grave and stern decorum of the countenance it wore,
"Though thy crest be shorn and shaven, thou", I said, "art sure no craven,
Ghastly, grim, and ancient Raven, wandering from the nightly shore:
Tell me what thy lordly name is on the Night's Plutonian shore!"
Quot the Raven, "Nevermore".

Much I marvelled this ungainly fowl to hear discourse so plainly,
Though its answer little meaning, little relevance bore;
For we cannot help agreeing that no living human being
Ever yet was blesssed with seeing bird above his chamber door -
Bird or beast upon the sculptured bust above his chamber door -
With such name as "Nevermore".

But the Raven, sitting lonely on the placid bust, spoke only
That one word, as if his soul in that one word he did outpour.
Nothing farther then he uttered, not a feather then he fluttered;
Till I scarcely more than muttered, "Other friends have flown before:
On the morrow he will leave me, as my Hopes have flown before."
Then the bird said, "Nevermore".

Startled at the stillness broken by reply so aptly spoken,
"Doubteless", said I, " what it utters is its only stock and store,
Caught from some unhappy master whom ummerciful Disaster
Followed fast and followed faster till his songs one burden bore,
Till the dirges of his Hope that melancholy burden bore
Of 'Never - nevermore'."

But the Raven still beguilling all my sad soul into smiling,
Straight I wheeled a cushioned seat in front of bird and bust and door;
Then, upon the velvet sinking, I betook myself to linking
Fancy unto fancy, thinking what this ominous bird of yore,
What this grim, ungainly, ghastly, gaunt, and ominous bird of yore
Meant in croaking "Nevermore".

This I sat engaged in guessing, but no syllabe expressing
To the fowl, whose fiery eyes now burned into my "bossom's" core;
This and more I sat divining, with my head at ease reclining
On the cushion's velvet lining that the lamlight gloated o'er,
But whose velvet violet lining withthte lamplight gloated o'er,
She shall press, ah, nevermore!

Then, methought, the air grew denser, perfumed from an unseen censer
Swung by seraphim whose foot-falls tinkled on the tufted floor.
"Wretch", I cried, " thy God hath lent thee - by these angels he hath sent

[thee
Respite - respite and nepenthe from my memories of Lenore!
Quaff, oh quaff this kind nepenthe, and forget this lost Lenore!"
Quoth the Raven, "Nevermore".

"Prophet!", said I, "thing of evil! - prophet still, if bird of devil! -
Whether Tempter sent, or whether tempest tossed thee here ashore,
Desolate yet all undaunted, on this desert land enchanted -
On this home by Horror haunted - tell me truly, I implore:
Is there- is there balm im Gilead? - tell me - tell me, I implore?"
Quoth the Raven, "Nevermore".

"Prophet!", said I, "thing of evil! - prophet still, if bird of devil!
By that Heaven that bends above us, by that God we both adore,
Tell this soul with sorrow laden if, within the distant Aidenn,
It shall clasp a sainted maiden whom the angels name Lenore:
Clasp a rare and radiant maiden whom the angels name Lenore."
Quoth the Raven, "Nevermore".

"Be that word our sign of parting, bird or fiend!" I shrieked, upstarting:
"Get thee back into the tempest and the Night's Plutonian shore!
Leave no black plume as a token of that lie thy soul hath spoken!
Leave my loneliness unbroken! quit the bust above my door!
Take thy beak from out my heart, and take thy form from off my door!"
Quoth the Raven, "Nevermore".

And the Raven, never flitting, still is sitting, still is sitting
On the pallid bust of Pallas just above my chamber door;
And his eyes have all the seemimg of a demon's that is dreaming,
And the lamplight o'er him streaming throws his shadow on the floor;
And my soul out that shadow that lies floating on the floor.
Shall be lifted - nevermore!

Edgar Allan Poe

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Vendredi 24 novembre 2006 5 24 /11 /Nov /2006 17:35

Jurai Sempre e a Propósito de Tudo

Eu, porém, vos digo que não jureis nunca a verdade, porque a verdade nua e crua, além de indecente, é dura de roer; mas jurai sempre e a propósito de tudo, porque os homens foram feitos para crer antes nos que juram falso do que nos que não juram nada. Se disseres que o sol acabou, todos acenderão velas.

Machado de Assis, in 'O Sermão do Diabo'

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Vendredi 24 novembre 2006 5 24 /11 /Nov /2006 17:30

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